Saludos a todos los participantes de la Catedra; adjunto le estoy colocando una pequeña prueba corta.
Agradezco su pronta y total participación.
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El Padre de la Patria
lunes, 4 de marzo de 2013
biografia de Simon Bolivar
CAPíTULO I
Nacimiento de Simón Bolívar el 24 de julio de 1783, en Caracas. La casa y la
hacienda: La ciudad y el campo. Las noticias y los viajes. La economía colonial:
Agricultura y ganadería. Reuniones. Fiestas. Vestidos. Los mantuanos. Nacimiento y bautizo de un niño.
El 24 de julio de 1783 nacía en Caracas Simón José Antonio de
la Santísima Trinidad de Bolívar y Palacios. La casa en que nació se
conserva todavía, aunque con algunos cambios, pero los lugares que
la rodean no se parecen a lo que fueron en aquellos días.
Por entonces, Caracas era una pequeña ciudad de calles
estrechas y empedradas, por las que después de anochecer apenas
se veía gente. Aun en las horas de sol, las mujeres no salían sino
para ir a misa o para visitar enfermos y familiares; y nunca iban
solas. Se oían a menudo las campanas que llamaban a rezos y los
caraqueños habían aprendido a distinguir el sonido de las de cada
iglesia. De rato en rato pasaba por las calles una pareja de amigos
que caminaba con el paso ceremonioso de la época, un sacerdote
que se dirigía apresuradamente a la Catedral, pequeños grupos de
estudiantes que discutían sus lecciones, esclavos que iban de compras o a llevar recados de sus amos.
Pues en esos tiempos las familias ricas de Venezuela tenían
esclavos. Los del padre del niño Simón eran más de mil. La mayor
parte de esos esclavos del señor Bolívar estaban en sus haciendas de
caña de azúcar, que se hallaban en los valles de Aragua y del Tuy;
pero había varios en la casa donde nació el pequeño Simón José
Antonio de la Santísima Trinidad. De esos esclavos, los hombres
más fuertes descargaban los mulos que llegaban con las viandas,
las frutas y las carnes del consumo semanal; otros desyerbaban los
patios y el frente de la casa y cuidaban los árboles y atendían a los
caballos finos que se guardaban en el corral; el trabajo de algunos Simón Bolívar biografía para escolares / 14 / Juan Bosch
consistía en dormir de noche en el zaguán, para proteger el sueño de
la familia contra posibles asaltantes y para atender a las llamadas de
altas horas, y el de los más viejos y los más jóvenes era llevar recados,
cortar leña para la cocina, acarrear la basura hasta sitios apartados.
Las esclavas cocinaban, lavaban y planchaban la ropa, limpiaban
la casa, atendían a los niños. Simón tenía tres hermanitos, todos
mayores que él: un varón llamado Juan Vicente y dos niñas: María
Antonia y Juana. Como la madre de Simón no era saludable, a él le
alimentó desde muy pequeño una negra esclava llamada Hipólita.
Cuarentidós años después de su nacimiento, ese niño Simón recordaría a Hipólita con cariño de hijo.
Las casas de la gente rica de entonces eran grandes. La de
la familia Bolívar tenía cuatro patios; uno sembrado de granados, otro más atrás, uno para las esclavas y otro para los esclavos,
y entre éstos había una puerta que se cerraba de noche. Por fin, al
fondo se hallaba el corral, con el establo de los caballos; y en ese
corral había árboles de sombra. Las habitaciones estaban situadas
alrededor de los patios, y entre ellas y éstos había aleros sostenidos
por gruesas columnas, lo cual daba fresco a cada habitación y a la
vez la resguardaba del aire fuerte, y permitía el paso de la luz en tal
forma que toda la casa se mantenía iluminada.
En los patios y en los corredores, los hijos de los amos y los
hijos de los esclavos jugaban juntos, vigilados por alguna esclava.
Algunas veces llegaban a pasar el día en la casa otros niños de
familias también ricas y distinguidas. En ciertas ocasiones, toda
la familia se iba a pasar semanas a las haciendas del interior –como
la de San Mateo, que era de los padres de Bolívar–, y entonces los
niños viajaban a lomo de caballo o de mulo, sentados en las piernas
de los esclavos, que iban por los largos caminos de las montañas y
de los valles diciéndoles los nombres de los árboles y de los ríos o
contándoles historias de aparecidos.
En la casa de Caracas o en la de la hacienda, al atardecer,
cuando el sol se ponía, el amo, la señora, los niños y los esclavos
se reunían para rezar “el bendito”; se oía entonces el rumor de los
rezos como se oye el paso del aire entre los árboles; se encendían 15
después las lámparas; pasaban los mayores a cenar y los niños a
dormir, y por los corredores y los patios se sentía sólo el canto de
los insectos o el susurro de una voz que pasaba por la calle.
Por aquella época, sólo había barcos de vela, que tardaban
meses en hacer el viaje de España a La Guaira; las noticias del
mundo llegaban en esos barcos, y como en Caracas no se conocían
los periódicos, las personas importantes se reunían en las casas
ricas a comentar esas noticias. Las personas importantes eran llamadas “mantuanas”, porque sus mujeres usaban mantos lujosos;
de manera que cuando se decía que un señor era un mantuano, eso
quería decir que era personaje en la vida de la ciudad.
De La Guaira a Caracas se viajaba sólo a caballo o en mulo,
y se tardaba casi un día en hacer el camino. El viajero que llegaba
a Caracas desde La Guaira se detenía al trasponer la última altura
antes de entrar en la ciudad, y desde ahí veía allá abajo, como al
final de un enorme precipicio, algunos techos de tejas entre los
árboles de los patios, algunos pedazos de calles solitarias, y oía con
toda claridad las campanas de las iglesias. Desde la casa del niño
Simón podía verse, por encima de los árboles del valle, el camino
que trepaba hacia la Cruz de La Guaira.
Todos los niños que nacen hoy en Caracas son venezolanos;
pero el pequeño Simón no lo era, ni lo eran sus hermanos ni sus
padres, porque entonces no existía Venezuela como país independiente, organizado en república que se da sus propias leyes y tiene
su propio gobierno. Cuando nació José Antonio de la Santísima
Trinidad de Bolívar y Palacios, Venezuela era una parte del imperio español; los españoles gobernaban en Caracas, en Valencia, en
Coro, en Maracaibo; en todo lo que hoy es Venezuela y en casi
todo lo que hoy es nuestra América. El rey de España era el rey de
todos estos países; él autorizaba las leyes que nos gobernaban, él
nombraba las autoridades que nos regían, los recaudadores de los
impuestos que nosotros pagábamos y los oficiales de los ejércitos
formados por nuestros pueblos. El niño Simón no nació ciudadano de Venezuela, sino súbdito de Su Majestad el rey de España.Simón Bolívar biografía para escolares / 16 / Juan Bosch
La vida era en estos tiempos muy diferente de lo que es hoy.
No se conocían las carreteras, ni los ferrocarriles, ni los autos, ni
la luz eléctrica; no había aviones, ni teléfonos, ni radio, ni televisión. Las personas ricas no tenían fábricas, ni bancos, ni oficinas
de negocios como los tienen los ricos de hoy, sino tierras sembradas de caña para hacer azúcar, de café o de cacao. Por eso, a los que
compraban títulos de marqueses y condes con la riqueza que sacaban del cacao se les llamaba “grandes cacaos”. Casi todos tenían
también grandes extensiones de llanuras con millares de cabezas
de ganado. El trabajo hoy lo hacen obreros en fábricas, empleados
en oficinas; entonces lo hacían los esclavos en las fincas. Ellos araban las tierras, sembraban los frutos, cortaban la caña, hacían el
azúcar; secaban y envasaban el cacao y el café, cuidaban las reses
en las llanuras, manejaban los caballos que cargaban los productos
del campo en viaje hacia los puertos.
El azúcar, el cacao, el café, se vendían en España o en
México; y cada dos o tres meses llegaba a La Guaira un barco que
traía vinos, aceite, telas, medicinas, sombreros, que se vendían en
Venezuela; y traía también sacerdotes y funcionarios del rey, familias que venían a vivir en Caracas, isleños de las islas Canarias que
llegaban a trabajar los campos y a establecer pequeños comercios.
En esos barcos salían los frutos de Venezuela destinados a
España y a México.
Como no había cines, ni clubes con piscinas, ni estadios para
jugar pelota, los jóvenes se reunían alguna que otra vez en una casa
de familia; tocaban piano, violín, flauta, contrabajo; cantaban o
charlaban sobre los pocos libros que llegaban de España o sobre
los pocos sucesos que se producían en Caracas. En esas reuniones, los padres, los tíos y hasta los abuelos tomaban asiento en fila,
junto a las paredes, para disfrutar el espectáculo de los jóvenes,
que hacían demostraciones de sus habilidades en la música o la
conversación. La moda de entonces daba lucimiento a esas peque-
ñas fiestas familiares; los hombres usaban casaca de faldón largo,
camisa de encajes en el pecho y en las mangas, peluca negra o
rubia y a veces blanca, calzones de raso hasta las rodillas, medias 17
blancas o rosadas y zapatos con hebillas de plata y grandes tacones; y las señoras y las señoritas llevaban traje de amplias mangas
abullonadas, faldas más amplias aún que llegaban hasta el suelo,
abanicos para cubrirse el rostro cuando hablaban con un amigo o
para echarse fresco si hacía calor.
Para los niños de casas ricas, como era Simón, la vida resultaba tranquila y segura. En la pequeña ciudad no había ruidos,
no había carruajes que alborotaran ni pusieran en peligro a los
muchachos. Pero los padres tenían motivos de preocupación.
Como no se conocían las medicinas de hoy, era frecuente que los
niños enfermaran y aun que murieran sin que se pudiera hacer
nada para salvarlos. Podían morir de fiebres palúdicas y también
de fiebres intestinales, de pulmonía, de difteria, de tétanos. A
veces llegaban epidemias de cólera y de viruelas, y la gente moría
a montones. Pero además a los mayores les preocupaban los negocios, las guerras en que tomaba parte España, que siempre producían mala situación económica para América. Entre los señores
ricos de Caracas había malestar contra el rey de España porque
el rey pretendía dar privilegios a gentes que no eran de familias
mantuanas. Los grandes señores de Caracas se reunían, hablaban
en secreto, buscaban noticias, enviaban cartas al extranjero. El
padre del niño Simón era uno de los que escribía a un enemigo del
rey llamado don Francisco de Miranda. De ese malestar político
no se daban cuenta los niños; y sus mamás, sus tías, sus abuelas,
no entendían de tales problemas. Para ellas, la vida se reducía a la
misa del domingo, al matrimonio de la hija de una amiga, al bautizo de un pequeño de familia conocida, al nacimiento de otro.
Cuando sucedía esto último, los parientes y los amigos visitaban a
los padres del recién nacido y le llevaban regalos al bebé. También
los esclavos de la casa en que se había producido un nacimiento se
acercaban a la cuna para ver a su nuevo amito. Se detenían ante él,
lo miraban atentamente; comentaban: “Es bonito el amito, Dios
lo guarde”, o “Tiene los mismitos ojos del amo”, o “Se parece talmente a la doña”. Algunos se ponían de rodillas y rezaban por la
salud y por una vida larga y venturosa para la criatura que acababa Simón Bolívar biografía para escolares / 18 / Juan Bosch
de nacer. Los esclavos que llegaban de las fincas llevaban flores,
frutas, animalitos de corta edad, que eran su tributo de amor al
amito nuevo.
Es casi seguro que escenas como esas se produjeron ante la
cuna del niño Simón José Antonio de la Santísima Trinidad de
Bolívar y Palacios. Pero podemos estar convencidos de que ni los
grandes señores amigos y familiares del padre –don Juan Vicente
de Bolívar y Ponte– y de la madre –la aristocrática doña María
Concepción de Palacios y Sojo de Bolívar–; ni los blancos mantuanos, ni los negros esclavos que pasaron frente a la cuna de Simón,
en los días que siguieron a su nacimiento, sospecharon lo que le
reservaba el porvenir.
Cuando un niño nace, nadie sabe lo que hará en la vida. Por
eso cada vez que un hogar se enriquece con uno, es como si naciera
una esperanza para el mundo. En la casona de don Juan Vicente de
Bolívar, bajo el cielo de Caracas, ese día 24 de julio de 1783 había
nacido la mayor esperanza americana. 19
CAPíTULO II
De 1783 a 1808. Muerte de los padres de Bolívar. Revolución francesa. Simón Carreño (Rodríguez), el maestro de Bolívar. Situación política y social de Venezuela en esos años. Viaje, matrimonio y viudez de Bolívar. Su segundo viaje a Europa.
Muchas cosas importantes fueron sucediendo mientras el
pequeño Simón crecía. Unas le afectaban a él directamente, otras
al mundo y a la tierra donde había nacido.
Cuando Simón cumplía tres años murió don Juan Vicente, a
los sesenta de edad. A los tres años, ningún niño puede comprender
lo que es la muerte; no es capaz de explicarse por qué la persona
querida que estaba a su lado hasta un día, desaparece de la casa
para siempre. En sus ideas y en sus sentimientos, el niño de tan
cortos años no está todavía hecho; todo en él es vago y confuso.
La muerte del padre o de la madre –o la ausencia de uno de ellos
del hogar– se convierte en una fuente de angustias y sufrimientos
para ese niño; llega a sentir que le han abandonado, y con frecuencia se rebela contra ese abandono convirtiéndose en una criatura
indisciplinada.
Simón fue un niño así, sin duda debido a la muerte del
padre; y tuvo la fatalidad de perder a la madre, doña María de la
Concepción, seis años después, cuando él cumplía nueve. Doña
María de la Concepción murió a los treinta y cuatro años. A partir
de entonces, los familiares de doña María de la Concepción tuvieron a su cargo la atención del pequeño huérfano.
Por esos tiempos había sucedido que en un lejano país llamado Francia se había producido una gran revolución. Los franceses declararon que todos los hombres nacían libres y cada uno
tenía tantos derechos como todos los demás. Esto significaba
que se iniciaba una era nueva en la humanidad; que el hecho de Simón Bolívar biografía para escolares / 20 / Juan Bosch
nacer rico o noble dejaba de ser un privilegio; y en el caso de los
dueños de esclavos, significaba también que nadie tenía poder
para comprar y vender hombres como si fueran bestias. El pueblo
de Francia dio muerte a sus reyes, con lo cual demostró a otros
pueblos que los reyes podían ser derribados y decapitados; así,
la monarquía no era un sistema de gobierno sagrado establecido por Dios, como decían los partidarios de los reyes, sino una
forma de gobierno que podía ser modificada por los pueblos. Todo
esto conmovía a los países de América y era causa de muchos
comentarios y de muchas discusiones en la tranquila ciudad de
Caracas.
Mientras tanto, Simón crecía y se mostraba de carácter cada
vez más difícil. Su abuelo materno y sus tías trataban de educarlo
lo mejor posible; organizaron clases de matemáticas a las que asistían Simón y algunos niños de su edad; buscaron para éste maestros que no pudieron llevarse bien con él. Al fin, el abuelo escogió
entre sus escribientes a un joven de gran inteligencia, un mozo
llamado también Simón –Simón Carreño–, activo y enérgico, y le
entregó prácticamente el destino del niño.
El joven Carreño –que más tarde cambiaría su apellido por
el de Rodríguez– prefería enseñar con la práctica y dar lecciones
mientras él y su discípulo paseaban por sitios de belleza natural,
que abundaban en los alrededores de Caracas. Hablaba de botá-
nica y mostraba los árboles y las flores; hablaba de física –como se
llamaba entonces el conocimiento de la naturaleza– y mostraba
las nubes, que iban pasando llevadas por el viento; contaba la historia como si fuera una novela y enseñaba al niño Simón lenguas,
matemáticas, baile; le hacía montar a caballo, dormir al aire libre,
comer poco, improvisar un discurso, nadar, hacer nudos. Simón
vivió tres años en la casa de Rodríguez; hizo con su maestro vida
de gran actividad intelectual y física y llegó a sentirse estrechamente unido a él. Para Bolívar, Rodríguez fue como un hermano
mayor que había llegado a suplir en cierta medida la falta del padre
muerto. Y esto le dio estabilidad a su carácter, que estaba entonces
en formación. 21
Pero en el año 1797 el maestro tuvo que huir hacia el extranjero. La situación política de Venezuela –y especialmente de lo
que en esa época se llamaba la provincia de Caracas– se había ido
descomponiendo. Aquel disgusto de los mantuanos con el rey,
del que hablamos ya, había estado aumentando con el tiempo; a
la vez los esclavos comenzaban a advertir la injusticia de que eran
víctimas. Había sucedido que en la colonia francesa de Haití los
esclavos se habían rebelado contra sus amos, y de éstos no quedó
uno vivo. Las noticias de lo que pasaba en Haití llegaron a Coro;
en esa región se decía que el rey de España había declarado libres a
los esclavos de Venezuela, pero que los amos blancos no aceptaban
esa disposición del rey. Los esclavos de Coro se sublevaron, como
habían hecho los de Haití, y dieron muerte a muchos blancos. Esto
ocurría en 1795.
Además de la oposición al rey por parte de los mantuanos
y de la oposición a los mantuanos de parte de los esclavos, había
muchos comerciantes y gente de mediano poder económico que
estaban trabajando para lograr la independencia de Venezuela.
Entre ésos, hubo un grupo de señores de La Guaira y Caracas
que organizó una conspiración bajo la jefatura de dos comerciantes llamados don Manuel Gual y don José María España. Simón
Rodríguez, el maestro del joven Bolívar, formaba parte de esa
conspiración y cuando ésta fue descubierta en 1797, Rodríguez
tuvo que huir. Así, a los catorce años, Bolívar se hallaba más solo
que nunca.
A los quince años y seis meses, el caballerito caraqueño
embarcó hacia España, donde debía reunirse con los hermanos
de su difunta madre. Cumplió los dieciséis años poco después
de haber llegado a España, pues el viaje, como sucedía en esa
época, fue largo. Pasó por La Habana y estuvo más de dos meses
en México. En todas partes fue tratado conforme a su categoría,
pues el joven Simón, de apellido ilustre y finos modales, tenía
además una gran fortuna. Del padre, de la madre y de otros
familiares había heredado bienes que equivaldrían hoy a varios
millones.Simón Bolívar biografía para escolares / 22 / Juan Bosch
Madrid, la capital de España –ciudad adonde fue a vivir
Bolívar– no era grande, pero resultaba mucho más importante y
poblada que Caracas. En Madrid vivía el rey de España, que gobernaba en toda la América española, en Filipinas, en partes de África
y en parte de Italia; allí estaban los ministros del rey, los altos funcionarios, la nobleza. Había buenas bibliotecas y buenos profesores, y el joven Simón aprovechó el tiempo en estudiar lenguas,
filosofía, política. Además, hizo un corto viaje a Francia y conoció
París, que era en esa época la ciudad más importante del mundo.
Por último, a los diecinueve años se casó con una joven de familia
mantuana criolla que había nacido en Madrid. La joven había sido
bautizada con tantos nombres como Simón, porque ésa era la costumbre entre la gente de abolengo: se llamaba María Teresa Josefa
Antonia Rodríguez del Toro, pero hoy se le conoce en la historia
con el sencillo nombre de María Teresa.
Ese matrimonio del joven Simón Bolívar, a tan corta edad,
era una consecuencia lejana de la muerte de sus padres cuando él
era un niño. Necesitado de afectos, los buscó en un hogar antes
del tiempo en que habitualmente se casan los hombres. María
Teresa era un poco mayor que su marido. Poco después de la boda,
los esposos embarcaron hacia Venezuela. Bolívar debía echar de
menos su Caracas, pequeña pero acogedora, con su clima delicioso, sus campos verdes en los que abundaban las flores y los
pájaros, sus noches pobladas de cocuyos, los amigos de la infancia, los viejos esclavos que lo habían visto nacer y habían cuidado
sus juegos infantiles. El matrimonio viajó a San Mateo; retornó a
Caracas. Marido y mujer eran felices. Pero su unión duró poco,
porque en enero de 1803, cuando no tenían todavía nueve meses
de casados, la joven María Teresa murió en San Mateo de fiebre
amarilla, un mal que abundaba entonces en América.
Antes de cumplir los veinte años, Simón Bolívar era ya
viudo. Juró no casarse de nuevo y cumplió su juramento. Entristecido por la muerte de su joven mujer, Bolívar no quiso seguir
viviendo en Caracas, donde todo le hacía recordar a la muerta.
Retornó a España y a poco pasó a Francia. Por esos días, en vez de 23
un rey, Francia tenía por gobernante a un joven general cuyo nombre resonaba por todo el mundo; se llamaba Napoleón Bonaparte
y no procedía de la gran nobleza; era un verdadero genio político
y militar, que con medidas audaces estaba cambiando la vida de
Europa.
En Francia, Bolívar pasó por una temporada de crisis de
alma. Se volvió holgazán, apático; perdía su tiempo y gastaba su
fortuna en fiestas. Bolívar tenía una inteligencia brillante y además
mucha energía nerviosa; cualquier joven de sus condiciones, que
se encuentra sin tener en qué utilizar su inteligencia y sus energías,
puede caer en ese estado. Por esa época, Bolívar no tenía todavía
una vocación; no sabía qué hacer de su vida, hacia qué actividad
dirigirla. Esa era la causa de su crisis de alma.
Pero sucedió que un día, estando en París, supo que su
maestro de otros tiempos, el original Simón Rodríguez, se hallaba
en Viena, capital de lo que entonces era el poderoso imperio
austro-húngaro. La sola noticia sacó a Bolívar de su apatía. Simón
Rodríguez era para él como un hermano mayor, que comprendía
sus inquietudes, le trataba con cariño y le estimulaba a realizar
algo grande en la vida. Sin perder un día, Bolívar se dirigió a Viena;
encontró a su antiguo maestro y lo llevó consigo a París.
Los dos caraqueños estaban en esa ciudad cuando Napoleón
Bonaparte se coronó emperador de Francia. Este hecho conmovió
al mundo y tuvo grandes repercusiones en Venezuela, aunque entonces ninguno de los dos venezolanos de que estamos hablando llegó
a sospecharlo. Esto sucedía en 1804, de manera que Simón Bolívar
tenía entonces veintiún años. A esa edad se es todavía muy joven y
se vive muy de prisa; casi no se da uno cuenta de sus propios actos.
Simón Rodríguez le hablaba a su antiguo discípulo de ideas polí-
ticas; de lo que era la república, del papel que había jugado en la
historia de la humanidad la Revolución Francesa. Para muchos
republicanos, Napoleón había traicionado sus principios al coronarse emperador. Disgustados, Bolívar y Rodríguez no quisieron
presenciar los actos de la coronación. Más aún: a raíz de la coronación
decidieron alejarse de Francia para no ser testigos del cambio que Simón Bolívar biografía para escolares / 24 / Juan Bosch
estaba produciéndose en el país; se fueron a pie, para estudiar
mejor a Europa, según los métodos de Rodríguez, y se dirigieron
a Italia.
Es casi seguro que Simón Rodríguez, enemigo del poder
español en Venezuela y en América, contribuyó a afirmar los
sentimientos antimonárquicos y republicanos del joven Bolívar.
En poco tiempo, Simón Bolívar, que era apasionado por naturaleza, quedó convencido de que los americanos debían luchar para
librarse del poder español y para organizarse en repúblicas. Tanto
llegó a odiar la monarquía, que a principios de 1805, hallándose
con su maestro en Italia, hacía manifestaciones cada vez más atrevidas contra Napoleón, a quien consideraba el destructor de la
idea republicana, que por entonces comenzaba a tener partidarios
en el mundo.
Los dos caraqueños llegaron a Roma en julio de 1805. Roma
había sido en tiempos antiguos la capital del mundo, la ciudad
más grande y más importante que se había visto en Occidente.
Roma estaba llena de historia; allí había habido en lejanos tiempos
monarquía, república, imperio; allí cada piedra tenía el recuerdo
de un héroe, y aun en el aire que pasaba por entre los cipreses parecía haber lecciones de desprendimiento, de grandeza y de valor.
Fue ahí, de pie en una de las siete pequeñas colinas que tiene
la ciudad, donde el joven Simón Bolívar juró un día ante su maestro que dedicaría su vida a luchar por la independencia de su patria
americana. Ese es el acto que se conoce en la historia como “el
Juramento del Monte Sacro”. Bolívar se separó de su maestro en
Roma; después siguió viajando solo. Volvió a París y recorrió otros
países de Europa; cruzó el océano Atlántico por el Norte, hacia
Estados Unidos. Supo que en 1806 don Francisco de Miranda
había desembarcado con una expedición de guerra en Coro, para
luchar contra el poder español y que había fracasado. Al fin, en
1807, retornó a Caracas.
Tenía ya veinticuatro años, muchos conocimientos, recuerdos de una vida variada y llena de emociones. Era joven, viudo,
rico, altamente querido en Caracas entre sus numerosos amigos 25
y sus familiares. Pero todavía, a pesar de su juramento en Roma,
seguía, como todos en Venezuela y en América, siendo un simple
súbdito de Su Majestad, el rey de España.
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